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Médicos rurales desmitificados en críticas cartas de 1925

De Cartas de un médico rural. Médicos, medicina y enfermos», por el Dr. Bartolomé Bosio. Claridad, Buenos Aires: 1936.

«Mientras el médico tenga que vivir del enfermo», escribía el doctor Bosio, «y en guerra de competencia con los colegas, las cosas marcharán mal». Su libro no fue compuesto ex profeso, sino que en él reunió una serie de cartas escritas entre 1912 y 1929, época en que ejercía la profesión en el medio rural. Al recopilar esos textos no se proponía afectar susceptibilidades profesionales sino –son sus palabras– «herir de muerte a la forma actual de ejercicio de muestra profesión, que es la que engendra los males que se señalan».

Si nos dedicáramos a analizar la actividad de la mayoría de los profesionales que ejercen en el medio rural, recabarías una impresión muy distinta de la que se tiene cuando se está ingenuamente estudiando y pensando en el «apostolado» del médico. Una impresión desagradable, por lo que se refiere a las circunstancias porque pasa nuestra actividad. Aunque someramente, quiero darte algunas referencias. Se trata de lo que he podido observar durante el tiempo que llevo de ejercicio profesional.

Ya he conocido en este pueblo, y en otros más o menos vecinos, a médicos que se dedican a prestar dinero, por supuesto, ventajosamente para ellos. En poblaciones medianas, de una economía con exigencias imperiosas e inmediatas, en donde casi todos viven al día, del crédito a cortos plazos, en la esperanza de una buena cosecha, a que se valoricen tierras, casas, etc., los que tienen dinero disponible pueden hacerlo aumentar rápida y fácilmente mediante la práctica del préstamo, recabando altos intereses. Los que realizan esta clase de operaciones son personas de todos los colores políticos, de los más diversos credos religiosos, entre los cuales no es infrecuente hallar médicos, operando por su propia cuenta o asociados.»

«He conocido a médicos que se vinculaban con hoteleros para mejor y más fácilmente ganar dinero. El hotelero recomendaba al profesional y éste a aquél. Se trataba de una asociación muy organizada, y con relativo disimulo. La gente de campo es todavía un poco ingenua y crédula. Si el hotelero es de arraigo, esa gente no sospecha de la existencia de la asociación. Es un convenio tácito, en la mayoría de los casos. Se desenvuelve automáticamente. El médico hace que el enfermo quede unos cuantos días más en el hotel, ordena comidas especiales, lo que aumenta las entradas. El hotelero no es un desagradecido, recomienda siempre al médico que ayuda a su caja; se desvive por el convaleciente, hasta es capaz de incomodarse a cualquier hora de la noche yendo él mismo en busca del médico, no bien nota la menor molestia del cliente. El hotelero le hace la réclame al médico, en todas las formas imaginables, contando las más maravillosas curaciones que siempre, por supuesto, las ha realizado cuando otros profesionales del pueblo y hasta de la capital federal ya habían fracasado. Hecha así, la ponderación es más deslumbrante. Y el médico en cuestión, como recompensa, hace que se prolongue la estadía del cliente. ¡Una mano lava la otra!

Otros médicos se entienden con dueños de farmacias. De un modo directo o con cierta discreción, unos con suavidad y otros con imperio, ordenan que los medicamentos sean comprados en tal o cual farmacia, alegando que solamente esa farmacia es la que les merece confianza, porque el que la dirige es un profesional capacitado y los medicamentos son de buena procedencia y «frescos». Y el dueño de la farmacia le retribuye la atención haciéndole la réclame a todo trapo; se expresa de un modo encomiástico del profesional, contando a todo el que quiera oírle los «éxitos» –reales o fraguados–, éxitos, por supuesto, que se han producido cuando los otros profesionales del pueblo, de los pueblos vecinos, y hasta sabios de la gran ciudad, habían fracasado.»

«He conocido a médicos que tenían a su cargo la revisación de las prostitutas, permitiéndoles la municipalidad cobrar un tanto por examen y, en esa forma, obtener al cabo del mes varios cientos de pesos, suma que constituía un buen sueldo. Nada de especial habría en esto, sino que con esto corría aparejada una viveza que le permitía al profesional duplicar, con suma facilidad, las entradas habituales en concepto de revisación reglamentaria. Explotaban a las prostitutas. Conocí a uno que durante seis años ocupó un puesto de esa clase y que utilizó la «viveza», enriqueciéndose. Por propia confesión manifestó que había dedicado íntegramente esas entradas a especulaciones diversas. Actualmente es dueño de más de medio millón de pesos. Y no es de extrañar. Ahora hay que explicarte la «viveza». Una prostituta dada como enferma debía ir a curarse. Tenía la libertad de hacerse atender con el médico que quisiera, pero debía recabar del médico oficial el certificado correspondiente para ser considerada apta para volver al «trabajo». Si la mujer recurría a otro médico, cuando iba a recabar el certificado oficial resultaba, matemáticamente, que «no estaba curada». Y de nada le valía exhibir el certificado extendido por el médico no oficial. El profesional oficial, árbitro absoluto, sentenciaba que no estaba sana. ¡Y no lo estaba! La mujer quedaba excluida del ejercicio. Las prostitutas comprendieron, al través de esa experiencia, que lo que perseguía el médico oficial era que ellas fueran a su consultorio. Así lo hicieron. Entonces obtenían el certificado.»


«La Urpila»
Ramón Gómez Cornet, «La Urpila»,
óleo sobre tela.
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