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Historia del pobre herrero al que le trasplantaron un pasado

De Manera de una psique sin cuerpo. Textos de Macedonio Fernández. Selección. Tusquets, Barcelona: 1973.

En el bonaerense barrio de Palermo, muy cerca del Jardín Botánico, murió en 1952 Macedonio Fernández, hombre «de tan varia y abundante naturaleza» –como él mismo dijo de su persona– «que nunca fue posible dejar de ignorarlo, por abultado que fuera el acumulo de noticias faltantes de él». Lo cierto es que sin moverse de su casa, casi sin publicar nada, Macedonio fue maestro de Jorge Luis Borges y otros grandes escritores rioplatenses. Había nacido en Buenos Aires en 1874, y profesaba reconocida tirria a los médicos; el herrero Cósimo Schmitz de su cuento, ajusticiado por haber muerto a su familia, no es, como se verá, sino otro mártir de la ciencia.

«Yace Cósimo Schmitz muerto, y quince días después el Tribunal hace la declaración rehabilitante siguiente:

"Un conjunto de fatalidades sutilísimas que ha obnubilado la mente de este tribunal lo ha incurso en un fatal error sumamente lacerante. El infeliz Cósimo Schmitz era un espíritu inquietísimo y afanoso de probar toda novedad mecánica, química, terapéutica, psicológica que se da en el mundo; y así fue que un día se hizo tratar, hace quince años, por el aventurero y un tiempo celebrado sabio Jonatan Demetrius, que sin embargo de su cinismo efectivamente había hecho un gran descubrimiento en histología y fisiología cerebral y lograba realmente por una operación de su creación, cambiar el pasado de las personas que estuviesen desconformes con el propio.(1)

"A su consultorio cayó el ávido de novedades Cósimo Schmitz, infeliz; protestó de su pasado vacío y rogó a Demetrius que le diera un pasado de filibustero de lo más audaz y siniestro, pues durante cuarenta años se había levantado todos los días a la misma hora en la misma casa, hecho todos los días lo mismo y acostádose todas las noches a igual hora, por lo que estaba enfermo de monotonía total del pasado.

"Desde allí salió operado con la conciencia añadida, intercalada a sus vaguedades de recuerdo, de haber sido el asesino de toda su familia, lo que lo divirtió mucho durante algunos años pero después se le tornó atormentador. Cumple al tribunal en este punto manifestar que la familia de Cósimo Schmitz existe, sana, íntegra, pero que huyó colectivamente atemorizada por ciertas señas de vesania en Schmitz, ocurriendo esto en una lejana llanura de Alaska; de allí provino a este tribunal la información de un asesinato múltiple que no existió jamás.

"Confiesa, pues, el tribunal, que si Cósimo Schmitz fue un total equivocado en sus aventuras quirúrgicas, más lo ha sido el tribunal en la investigación y sentencia del terrible e inexistente delito que él confesaba."

Pobre Cósimo Schmitz, pobre el Tribunal de Alta Caledonia.»

 

«Jonatan Demetrius, enamorado de toda felicidad, plástico de las dichas, de dar recuerdos amorosos a los que fueron presentes de lágrima, con suave ciencia y dulce ternura se ingeniaba en la adivinación de cada alma.

–¿Qué es lo que usted desea? –Y leíale a Cósimo las páginas más terribles del filibustero Drake, de Morgan, o del amante de la Récamier.

–Yo preferiría haber sido...

–Lo será.

Pobre Cósimo Schmitz; ¿no habrá una tercera cirugía, después de dos tan siniestras, que lo resucite? Ah, no –exclama la Terapéutica–, nuestro oficio es la infalibilidad, no nos incumbe disimular las fallas de los tribunales de justicia.»

 

(1)Con Perdón del Tribunal aporto esta pregunta de colaboración científica: ¿trasplantándoles tejidos corticales de individuos alegres? Tal técnica sería muy eficaz, pero por ciertos riesgos se ha prohibido destapar simultáneamente cierto número de cráneos, pues en la precipitada adjudicación de nuevas conciencias podría haber equivocaciones –como ha ocurrido– y que a quien no quisiera tener futuro le trasplantaron uno de un siglo.
En fin, podría citar a Ramón y Cajal, pero con Ramón y Cajal no basta; hay muchos otros autores y cansaría mucho al lector, aparte de que no me gusta mucho que en unas pocas páginas el lector termine sabiendo más que yo [nota del autor].

De Cirugía psíquica de extirpación,
por Macedonio Fernández.

«El forjador»
Confucio Montes de Oca, «El forjador»,
óleo sobbre tele, 1920.
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