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«Cai como herido del rayo cuando lo vi muerto a Cruz...»

ESTRAGOS DE LA «VIRGÜELA» EN EL RELATO DEL GAUCHO MARTIN FIERRO

De Martín Fierro; segunda parte, La vuelta de Martín Fierro, por José Hernández. Con ilustraciones de Roberto Páez. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires: 1968.
Lo más parecido a los cantares de gesta que produjo América, pero con muy diferentes implicaciones sociales y políticas, es el Martín Fierro. Este largo poema que José Hernández compuso y publicó en dos partes, la primera en 1872 y la segunda en 1879, es considerado en general la obra más representativa de la literatura argentina. Hernández es un gran poeta que, superando las supuestas limitaciones del costumbrismo y la literatura de denuncia, dejó una obra perenne, que acaso refleje como ninguna otra el drama de la eterna postergación de las masas populares iberoamericanas.

Quien recibe beneficios
Jamás los debe olvidar–
Y al que tiene que rodar
En su vida trabajosa,
Le pasan a veces cosas
Que son duras de pelar. Voy dentrando poco a poco
En lo triste del pasaje–
Cuando es amargo el brebaje
El corazón no se alegra–
Dentró una virgüela negra
Que los diezmó a los salvajes.

Al sentir tal mortandad
Los indios desesperaos,
Gritaban alborotaos
«Cristiano echando gualicho»
No quedó en los toldos bicho
Que no salió redotao.

Sus remedios son secretos,
Los tienen las adivinas–
No los conocen las chinas
Sinó alguna ya muy vieja,
Y es la que los aconseja
Con mil embustes la indina.

Allí soporta el paciente
Las terribles curaciones–
Pues a golpes y estrujones
Son los remedios aquellos–
Lo agarran de los cabellos
Y le arrancan los mechones.

Les hacen mil herejías
Que el presenciarlas da horror–
Brama el indio de dolor
Por los tormentos que pasa–
Y untándolo todo en grasa
Lo ponen a hervir al sol.

Y puesto allí boca arriba
Al rededor le hacen fuego–
Una china viene luego
Y al oido le da de gritos–
Hay algunos tan malditos
Que sanan con este juego.

A otros les cuecen la boca
Aunque de dolores cruja–
Lo agarran allí y lo estrujan,
Labios le queman y dientes
Con un güevo bien caliente
De alguna gallina bruja.

Conoce el indio el peligro
Y pierde toda esperanza–
Si a escapárseles alcanza
Dispara como una liebre–
Le da delirios la fiebre
Y ya le cain con la lanza. Esas fiebres son terribles,
Y aunque de esto no disputo,
Ni de saber me reputo,
Será, decíamos nosotros,
De tanta carne de potro
Como comen estos brutos.

Había un gringuito cautivo
Que siempre hablaba del barco–
Y lo augaron en un charco
Por causante de la peste–
Tenía los ojos celestes
Como potrillito zarco.

Que le dieran esa muerte
Dispuso una china vieja–
Y aunque se aflige y se queja,
Es inútil que resista–
Ponía el infeliz la vista
Como la pone la oveja.

Nosotros nos alejamos
Para no ver tanto estrago–
Cruz se sentía con amagos
De la peste que reinaba–
Y la idea nos acosaba
De volver a nuestros pagos.

Pero contra el plan mejor
El destino se revela–
¡La sangre se me congela!
El que nos había salvado,
Cayó también atacado
De la fiebre y la virgüela.

Ya no podíamos dudar,
Al verlo en tal padecer,
El fin que había de tener;
Y Cruz que era tan humano:
«Vamos», me dijo, «paisano,
A cumplir con un deber».

Fuimos a estar a su lado
Para ayudarlo a curar–
Lo vinieron a buscar
Y hacerle como a los otros–
Lo defendimos nosotros,
No lo dejamos lanciar.

Iba creciendo la plaga
Y la mortandá seguía,
A su lado nos tenía
Cuidándoló con pacencia–
Pero acabó su esistencia
Al fin de unos pocos días. El recuerdo me atormenta,
Se renueva mi pesar–
Me dan ganas de llorar,
Nada a mis penas igualo–
Cruz también cayó muy malo
Ya para no levantar.

Todos pueden figurarse
Cuánto tuvo que sufrir–
Yo no hacía sinó gemir
Y aumentaba mi aflición
No saber una oración
Pa ayudarlo a bien morir.

Se le pasmó la virgüela,
Y el pobre estaba en un grito–
Me recomendó un hijito
Que en su pago había dejado–
«Ha quedado abandonado»
Me dijo, «aquel pobrecito».

«Si vuelve, búsquemeló»,
Me repetía a media voz–
«En el mundo éramos dos
Pues él ya no tiene madre:
Que sepa el fin de su padre
Y encomiende mi alma a Dios.»

Lo apretaba contra el pecho
Dominao por el dolor–
Era su pena mayor
El morir allá entre infieles–
Sufriendo dolores crueles
Entregó su alma al Criador.

De rodillas a su lado
Yo lo encomendé a Jesús–
Faltó a mis ojos la luz–
Tuve un terrible desmayo–
Cai como herido del rayo
Cuando lo ví muerto a Cruz.

Términos gauchescos

El habla del gaucho estaba compuesta por una gran cantidad de arcaísmos y modismos andaluces, supervivencia de la etapa colonial, a los que se agregan muchos sustantivos y adjetivos de origen americano, lusitano o africano. En la obra de Hernández inciden además las tradiciones estilísticas de la poesía gauchesca anterior al autor y su propia elaboración de la materia poética. En concreto, el Martín Fierro no puede ser considerado difícil de entender, pero sí presenta algunas dificultades idiomáticas, para las que acaso sirva de ayuda el breve glosario que sigue.

Augaron: ahogaron.
Cai: caí.
Cain: caen.
Como la pone la oveja [poner la vista]: mirar como la oveja cuando están por sacrificarla.
Chinas: mujeres indias.
Dispara: escapa, huye corriendo.
Gringuito [de gringo]: en el cono sur de América, el término gringo no designa sólo a los anglosajones, sino a cualquier persona que hable mal el castellano. En Argentina y Uruguay, se aplica sobre todo a los italianos.
Gualicho [hualichu, voz mapuche]: encantamiento, brujería.
Indina: indigna, desvergonzada.
Oido: oído.
Pagos [de pago]: el lugar de origen de uno; su aldea o pueblo natal o de residencia.
Redotao: derrotado.
Virgüela: viruela.
Zarco: animal que tiene uno o los dos ojos de color azul pálido, por carencia de pigmentación.

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