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Historia con Salud
 

Dolencias del rey hechizado

De Historias de las reinas de España. La Casa de Austria, por Carlos Fisas. Planeta, Barcelona: 1988.

   
   

Carlos II, «el Hechizado», último soberano español de la casa de Austria, era el producto degenerado de una larga serie de uniones consanguíneas. Casó en 1679 con María Luisa de Orleáns, sobrina de Luis XIV de Francia. En 1689, ya viudo, desposó a Mariana de Baviera Neoburgo. El rey, impotente, muere en 1700 sin dejar herederos: el legado de su reinado será la Guerra de Sucesión que, concluida con la Paz de Utrecht, pondrá fin a la hegemonía de España en Europa.

«Desde muy pequeño tuvo ya don Carlos desarreglos intestinales que –mejorando a pequeños intervalos– le duraron toda la vida, agravándose cuando su creciente prognatismo le dificultó cada vez más la masticación.

Sufrió retardo motor y tuvo aquella cabezota que se ha atribuido a una posible hidrocefalia y que, muy probablemente, no pasaba de ser un fenómeno de su inevitable raquitismo.

A los seis años tuvo el sarampión y la varicela; a los ocho, a consecuencia de un catarro –que pareció leve–, presentó unas hematurias que se repitieron en otras ocasiones y que quizá deban ser enlazadas con el final de enfermo renal que tuvo.

A los diez años pasó la rubéola, y a los once sufrió la viruela, que estuvo muy cerca de llevárselo al otro mundo.

A los treinta y dos años, después de sus múltiples afecciones, perdió el pelo, lo que quedaba disimulado debajo de la peluca que ya usaba y que no quiso empolvar nunca para no parecerse al rey francés.

A los treinta y cinco años –si no antes– comenzaron sus accesos palúdicos, tratados con quina, pero la congénita decrepitud fue agotando sus fuerzas y su vida hasta el punto de que a los treinta y seis años ya era un valetudinario, flaco, descolorido y sumido en una melancolía permanente.

Y a todo esto se sumaban sus médicos, que le purgaban, le sangraban , usando medicamentos como los polvos de víbora, le nutrían con pollos alimentados a su vez con los mismos polvos.

Durante su última enfermedad, reunido todo el protomedicato local, se acordó colocarle pichones recién muertos sobre la cabeza y entrañas calientes de cordero sobre el abdomen.

Con lo único que acertaron fue con la quina, que ya comenzaba a ser conocida. El doctor Cristian Geleen –médico de los Neoburgo, que se hallaba en Madrid para cuidar de la salud de Mariana– aseguraba que los médicos españoles no usaban la quina de la manera debida, y que muchos de los males del rey provenían de que bebía poco vino, detalle que puede servirnos para comprender que este gran doctor era por lo menos tan pedantote como sus colegas indígenas.

Cuando Carlos tenía ya treinta y ocho años comenzó a acusar hinchazones en los pies, luego en las piernas y más tarde en las manos y la cara. A esta hinchazón, los embajadores, en sus cartas, añadían otra de la lengua, que se le producía de vez en cuando, dificultándole la palabra.

Pero aquella hinchazón de la lengua había comenzado ya un año antes de que principiaran sus edemas. Y es que Carlos, desde hacía mucho tiempo, sentía a veces unas congojas que terminaban en desmayos. Aquellos desmayos se hicieron más largos y más frecuentes –posiblemente sólo eran desmayos para unos palaciegos obligados a decir mentiras–. Alrededor de los treinta y siete años, sus desmayos son tan largos que duran a veces más de dos horas y se acompañan de unas sacudidas bruscas de los brazos y de las piernas y de unos movimientos de los ojos y de la boca hacia un mismo lado.

Y en este tiempo comenzó a hinchársele la lengua hasta dificultarle la palabra. Y es que el pequeño rey, como su difunto hermano Felipe Próspero, como quizá su hermana María Ambrosia, era un epiléptico, con grandes ataques hacia el final de su vida, durante los cuales, como ocurre a tantos epilépticos, se mordía la lengua.Y quién sabe si aquellas cóleras que tenía tan frecuentemente –sin ton ni son cuando era niño, tan fundamentadas algunas veces cuando ya era un hombre casado– no eran sino un fenómeno más de aquella epilepsia, como quizá también lo era aquel mirar vacío perdido de sus ojos inexpresivos.»

«Carlos II»


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