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Salud al Margen

Literatura con salud

Dolencias y angustia de un hombre sin trabajo

JORGE ASIS REFLEJA CON CRUDEZA AL MUNDILLO LITERARIO DE BUENOS AIRES

¿Qué hace un hombre en la joven madurez, un escritor antes mimado por el éxito, cuando ve que los caminos empiezan a cerrársele, que las gentes lo evitan y todo el mundo parece estar cobrándose en él culpas que los mediocres le achacan? En su estilo porteño irreverente, burlón, desacostumbrado en literatura, Jorge Asís describe ese estado de hombre acostado, en la lona –como quien dice, entregado–, en la figura de Rodolfo Zalim, su literario alter ego.

PUNTO UNO: EL POLO MATINAL DE LA ANGUSTIA «Te despertás mal por la angustia» me dijo un amigo, Pancho, un psicoanalista cordial y muy atorrante, que sospecha que estoy destrozado pero, por prejuicios, no iba a hacérmelo notar si yo no le consultaba. [...] «Es el polo matinal de la angustia, macho.» [...] «Mirá, lo único que te puedo aconsejar es que arranqués temprano. No tomés un carajo, ninguna pastilla para dormir, nada. Cansate. Y si te despertás a las cinco o seis de la mañana, no des vueltas al pedo ni te des máquina, arrancá. Porque estás hecho moco a una hora inútil. Acordate, lo tuyo es solucionable, tenés que superar el polo matinal de la angustia...»

PUNTO DOS: TEMORES FISICOS

Siento, lo que nunca, temores físicos. Tengo miedo de que se me quiebre la salud, por ejemplo que me tengan que internar, que operar de algo, que me lleven tal vez a la sala de terapia intensiva. Me imagino lleno de cables, con suero y transfusiones, con calmantes, con una enfermera que me pone el papagayo [orinal] o que me limpia el culo. Ocurre que tengo cuarenta años y estoy entero, y siempre consideré que la enfermedad es, ante todo, un error. Jamás dormí en un sanatorio en situación de paciente y paso largos inviernos sin siquiera resfriarme; solía decir que yo no tenía tiempo para enfermarme, que eso era un lujo o apenas una equivocación. Y ahora, casi seguramente por el huevo de la inactividad, apechugándola afectivamente y cambiando dólares como un estúpido, y en perdedor, me sale por ejemplo un orzuelo en el ojo. ¡Pero cómo me va a salir un orzuelo a mí! Y me aparece un grano asqueroso en un testículo, me lo aprieto y del huevo me sale pus; ¡por favor, cómo me están dando! O me duele mucho la garganta y siento que tengo algunas dificultades motrices, y me mareo casi al punto del desvanecimiento; dicen que puede ser de la presión, que me tengo que dar con un efortil, o fortil, no sé, compuesto o algo así. Y me siento un aliento horrible, como con gusto a mierda. Y tengo que ponerme, aparte, una crema que se llama Micolis, una crema para combatir los hongos que me salieron en la piel. ¡Hongos en la piel, la putísima madre....! Y antes de las comidas tomo una cápsula de pospandril, y con el desayuno una de stresstabs, y para dormir me doy con medio kalmalín y durante el día a veces me ayudo, para levantarme la fe, con medio tamilán. Soy, lo confieso, un adicto, pero módico [...].

Cuento con demasiado tiempo para temer, y dudo espantosamente de mis órganos. Me preocupa el funcionamiento de mi vesícula y el asunto ese del colesterol, de la diabetes. Siento que me canso, o que me agito, que en cualquier momento se me va a acabar el aire; no puedo concentrarme, o tengo un zumbido permanente en mis orejas, me duele la espalda, la cintura. [...] Anoto direcciones de sanatorios cercanos al centro, por si me agarra un ataque de algo en la calle, qué sé yo, un síncope por ejemplo, o una pataleta de epiléptico; o tal vez se me rompen los intestinos, o simplemente me vuelvo loco, o a lo mejor ya lo estoy.

PUNTO TRES: ARRASTRANDOME

Nunca sabré si fue un cólico, un calambre o la antesala de una úlcera, o simplemente mi desesperación o la culminación de una conjura negra. Amanecí con un fuerte dolor impreciso, que por comodidad podía ubicar en los alrededores del estómago. Alcancé, no obstante, a salir de mi casa; le compré al tano Salvador un par de diarios, y me acosté a leerlos en el clásico diván azul de mi bulín [apartamento que se suele tener para citas o vivienda, aunque en este texto se trata de la oficina del escritor, n.d.R.] de la calle Hipólito Yrigoyen. El dolor no cedía, y me asusté. Me puse a pensar que seguramente debían internarme, justo a mí que me jactaba de no haber pasado nunca una noche en un sanatorio y temía profundamente que la primera vez que me internasen fuera la definitiva.

[...] Si consigo pararme, me dije, será como un pequeño triunfo. De pie, a la muerte puedo desafiarla mejor. Pero no pude, y tampoco podía volver al diván; me dejé caer en el piso y, cuando noté que me arrastraba como un gusano pensé que alguien, acaso no a lo lejos, estaba gozándome, feliz por haberme puesto así. [...] Desconocía si se trataba o no de la muerte, lo cierto fue que me dormí. Al despertar, posiblemente en media hora, pude incorporarme sin ninguna dificultad. El dolor había desaparecido por completo. No obstante, me sentía mareado y con inconvenientes motrices, pero pude salir disparando del bulín de la calle Hipólito Yrigoyen. Busqué cualquier bar porque lo necesitaba; había dejado en el piso los diarios...

«Guernica»
Pablo Picasso, «Guernica», 1937, detalle.
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