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LAS INVESTIGACIONES MOTIVADAS POR FANATISMOS INTELECTUALES DEBEN INFORMAR CONFLICTO DE INTERÉS

Artículos de las revistas BMJ, JAMA, NEJM, Science y otras influyeron en la decisión de invadir Irak.

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Autor:

Rafael Bernal Castro
Sociedad Iberoamericana
de Información Científica (SIIC)
Director editorial

Presidente de la Fundación SIIC para la promoción de la Ciencia y la Cultura, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
Artículos publicados por Rafael Bernal Castro
Editado en: Salud(i)Ciencia, 16 N° 3, Agosto, 2008
Primera edición virtual en: siicsalud 30 de Marzo, 2010

Palabras clave : Conflictos de interés, bioterrorismo, Estilo de Vancouver, Revistas biomédicas, fanatismo intelectual, Requisitos de Vancouver, Guerra de Irak


Clasificación en siicsalud
Editoriales

Especialidades
Principal: Educación Médica
  Relacionadas: Bioética, Medicina Legal, Salud Pública

Enviar correspondencia a:
Rafael Bernal Castro, Fundación SIIC, Av. Belgrano 430, C1092AAR, Buenos Aires, Argentina, E-mail: rafael.bernal@siic.info

Artículo completo
LAS INVESTIGACIONES MOTIVADAS POR FANATISMOS INTELECTUALES DEBEN INFORMAR CONFLICTO DE INTERÉS

Las cuatro revistas médicas de mayor circulación en el mundo editaron en 2002 el 50% más de artículos sobre bioterrorismo que en los tres años anteriores, contribuyendo de tal manera a la justificación científica de la invasión a Irak en nombre del peligro que representaban las mentadas armas de destrucción masiva.


Entre 2001 y 2003 la American Medical Association publicó en su órgano de difusión oficial, JAMA,1 64 informes de bioterrorismo, seguida por 26 de British Medical Journal (BMJ, órgano de la British Medical Association), 26 de The Lancet (inglesa de fama mundial) y 25 de New England Journal of Medicine (revista estadounidense, editada por Massachusetts Medical Society). Sin embargo, el primer lugar del lamentable podio fue ocupado por Science, revista biomédica de los EE.UU. que alcanzó a editar en idéntico período casi la misma cantidad de informes que las cuatro anteriores.


Estas publicaciones no sólo acaparan la lectura de centenares de miles de profesionales de la salud del mundo puesto que, al disponer de servicios periodísticos, proporcionan información llana a conocidas agencias de noticias que alimentan redacciones de diarios, radios, televisoras y páginas de Internet del planeta.*


La necesidad del gobierno de los EE.UU. y sus aliados de apelar a argumentos que justificaran sus agresiones determinaron que los editores se transformaran en acompañantes científicos de la invasión a la República de Irak, uno de los más execrables atentados colectivos cometido contra la humanidad.


Irak fue diezmada con el pretexto del peligro que representaban sus inexistentes armas, entre ellas las portadoras de ántrax y otros virus cuyas consecuencias multiplicarían la destrucción causada a las Torres Gemelas, con derivaciones que superarían las fronteras de los EE.UU. para alcanzar también a los demás países proclives a participar en sus correrías imperiales.


La misma revista The Lancet, temprana difusora de artículos bioterroristas, luego de los asesinatos y destrucción masiva inflingidos por las tropas aliadas, comunicó al mundo científico las estadísticas de las consecuencias que antes de la guerra habían acicateado desde sus páginas.





Los normas para publicar manuscritos

Las editoriales y buena parte de las entidades que pretenden regular la producción de información científica promueven la adopción de las normas Estilo de Vancouver para unificar la manera en que los autores deben presentar los estudios que serán publicados. Las normas también comprenden a los editores porque tanto los especialistas que aconsejan para revisar los artículos como sus definiciones de política editorial son cuestiones que les conciernen exclusivamente.


Cuentan los signatarios del Estilo de Vancouver cómo se originó y evolucionaron sus normativas editoriales: “El Comité Internacional de Directores de Revistas Médicas (CIDRM)3 se reunió informalmente en Vancouver, Columbia Británica, Canadá, en 1978 para establecer las directrices que en cuanto a formato debían contemplar los manuscritos enviados a sus revistas. El grupo llegó a ser conocido como Grupo Vancouver. Sus requisitos para manuscritos, que incluían formatos para las referencias bibliográficas desarrollados por la National Library of Medicine (NLM) de EE.UU., se publicaron por vez primera en 1979. El Grupo Vancouver creció y se convirtió en el CIDRM…”,4 actualmente bajo la conducción de las revistas biomédicas con mayor influencia, en su mayoría radicadas en EE.UU. e Inglaterra.


Durante su existencia el CIDRM produjo varias ediciones de los Requisitos de Uniformidad para Manuscritos enviados a Revistas Biomédicas los que sucesivamente incluyeron diversos temas que superaron los dedicados a la elaboración de los manuscritos. En estos momentos, algunos de ellos también se encuentran en declaraciones adicionales.


Salud(i)Ciencia es una de los centenares de revistas científicas que adhirieron a la uniformidad de criterios. Al adoptarlos se publican en la sección Instrucciones a los autores de la revista impresa en soporte papel y en las correspondientes páginas de los sitios de SIIC En Internet.


Por esta causa consideramos esencial velar por el cumplimiento de sus principios, con independencia del alcance de los temas involucrados y del poder de quienes los promueven.





Los intereses que producen conflictos bélicos

Entre los preceptos principales que pueden sesgar los resultados de una investigación se destacan los conflictos de interés o compromisos personales o privados de los profesionales e instituciones intervinientes. Una de las cláusulas de los Requisitos define que se habrá de producir “conflicto de intereses en un artículo determinado cuando alguno de los especialistas que participan en el proceso de publicación (autor, revisor o director) desarrolla actividades que pudieran condicionar el enjuiciamiento, tanto se produzca como no.”

A los habituales conflictos de intereses vinculados con “la existencia de relaciones económicas directas con industrias (como empleado, consultoría, propiedad, honorarios, pruebas periciales) o indirecta (a través de familiares directos)” agrega que “los conflictos de intereses pueden descubrirse en otras razones, tales como relaciones personales, competitividad académica o fanatismo intelectual”.5


Los editores de las revistas citadas en los primeras líneas de esta editorial, bajo la influencia de factores que activaron irracionales fanatismos intelectuales, soslayaron la mención de conflicto de intereses en los centenares de documentos científicos que contribuyeron al inicio de las invasiones militares de Afganistán e Irak.


Más allá de la calidad científica de los trabajos, el compromiso que implica adherir a las resoluciones de Vancouver y sus complementos obliga a los autores, y si estos no lo advierten, a sus árbitros y editores, que la investigación está influida por circunstancias ajenas a los principios de objetividad y ecuanimidad que deben animar la tarea de un profesional al servicio de la ciencia.





Responsabilidad de autores, editores y revisores

“Cuando se remite un manuscrito para su publicación, sea artículo o carta al director, sus autores tienen la responsabilidad de reconocer y declarar la existencia de conflicto de intereses de tipo económico o de otro tipo que pudiera suponer un sesgo del trabajo.”

La desproporcionada cantidad de investigaciones científicas que pretendieron en tan corto plazo corroborar los bajos instintos que animaban a los protagonistas de aquel “eje del mal” requirió presupuestos que encolumnaron cuantiosos recursos materiales y humanos tras causas enarboladas por países que habitualmente hacen gala de civilizados. No extraña leer en los artículos afines al bioterrorismo las subvenciones proporcionadas por los departamentos del gobierno estadounidense afines a la defensa y la guerra. En decir, tanto patrocinadores como autores comprometieron sus arcas y conocimientos específicos con una indudable decisión militar cuya ejecución se facilitaría con la venia científica. Los argumentos transmitidos en los párrafos introductorios de los trabajos que titulamos beligerantes presagiaban desastres bacteriológicos que la prevención médica no resolvía.


En consecuencia, el fanatismo intelectual a que aluden los Requisitos de Vancouver fue desconocido por las revistas biomédicas con mayor circulación del mundo al pasar por alto que “los artículos y las cartas publicadas deben incluir la descripción de todas las ayudas económicas recibidas e informar de cualquier conflicto de intereses que, a juicio de los directores, deban conocer los lectores”.


Los revisores externos también quedan involucrados en la responsabilidad porque “han de informar a los directores de la existencia de cualquier conflicto de intereses que pudiera sesgar sus opiniones sobre el manuscrito y renunciar a la evaluación de determinados artículos si lo consideran apropiado”.


Para respaldar nuestra reflexión desempolvamos el párrafo de Vancouver que hace referencia a “la confianza pública en el proceso de revisión por expertos y la credibilidad de los artículos publicados en una revista”, por considerar que “dependen de cómo se resuelvan los conflictos de intereses de autores, revisores y la toma de decisión editorial. Los sesgos, con frecuencia, se detectan y se eliminan mediante la cuidadosa atención a los métodos y conclusiones científicas del trabajo. Los lazos económicos y sus efectos se detectan con menor facilidad que otros tipos de conflictos de intereses”. Las normas continúan: “los participantes en la revisión y publicación deben declarar sus posibles conflictos de intereses y esta información ha de ser conocida para que otros puedan juzgar por sí mismos sus efectos”.


Las palabras huelgan porque la matanza se produjo. Las revistas, las asociaciones de profesionales y las editoriales involucradas deberían publicar declaraciones individuales o conjuntas que reconozcan el ocultamiento de los intereses que, fomentados por un patriotismo fanático, apelaron a la ciencia y sus medios de comunicación para encarrilar acciones criminales contra un país y su pueblo. La envergadura del descuido los descalifica como jueces confiables para dictar normas o trazar senderos.





Rafael Bernal Castro

Editor Científico

Fundación SIIC



* Las consecuencias científico-políticas se reflejaron en la abundante cantidad de notas relacionadas con los agentes biológicos del terrorismo, la manera de detectarlos y los mecanismos terapéuticos para dominarlos. Pese a que las poblaciones incrédulas del mundo fueron contagiadas con el espíritu belicista que los medios fomentaron con la ayuda de las revistas científicas, algunos profesionales de la salud comunicaron su extrañeza por la apropiación indebida de procedimientos médicos con fines bélicos:

«Durante estos días se ha utilizado una expresión curiosa, "bombardeos quirúrgicos", para hablar de determinadas acciones militares que podrían llevarse a cabo sobre determinados países cómplices del terrorismo internacional. Pese a lo chocante de la expresión, no hemos visto en las cartas al director de los periódicos ninguna protesta por parte de los cirujanos. Nos extraña que en un mundo como el actual, en el que las reacciones corporativas son a veces desproporcionadas, ningún galeno haya levantado el bisturí para quejarse por esta asimilación entre la jerga militar y la médica».


El bisturí eléctrico, Juan José Millás, diario Reforma, México, 8 de diciembre de 2001.






1. La revista JAMA edita 260 000 ejemplares por semana.


2.www.thelancet.com/webfiles/images/journals/lancet/s0140673606694919.pdf.


3. www.icmje.org.


4. www.fisterra.com/recursos_web/mbe/vancouver.asp. Actualización 2003, Sociedad Española de Cardiología.


5.http://campus.carmelitas.edu.pe/courses/CCC007/document/vancouver_mayo2000.pdf?cidReq=CCC007.




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